«Caelum non animum mutant qui trans mare currunt»
viernes, febrero 24, 2012
Soneto XXII / Sonnet XXII
Ya no se rasga el velo del gran Templo
ni vuelan sin sembrar las bellas aves
en la divina mano que allá esparce
la ígnea luz a estrellas en el cielo.
Mas ahora, la gula, en duro empeño,
ambiciona el maná de nuestros padres
en grotescas doctrinas ancestrales
que anudan el poder con el dinero.
La soberbia descansa en la siniestra
de una Iglesia colmada de fortunas
que enseña la virtud de competir.
Mas el hombre, clavado a la derecha
de la cruz del Señor, alto pronuncia:
¡Oh Salvador, acuérdate de mí!
© Carlos Jiménez de Parga
martes, febrero 07, 2012
Soneto XXI / Sonnet XXI
Ella camina ufana y distraída
por extensas llanuras celestiales
siguiendo los tenues rayos solares
que en su pelo radiante luz destilan.
El viento juega libre en las orillas
de una rasgada nube itinerante,
que muda en el ocaso de la tarde,
mientras ella, contempla desde arriba
la silueta nocturna e iluminada
de la ciudad en donde los poetas
son árboles tiznados, que al aire alzan
sus ramas con los versos de hojas secas,
tristes de no ver más la luz de tu alma,
en la que se completa tu belleza.
© Carlos Jiménez de Parga
sábado, enero 28, 2012
Casida I / Qasida I
En calles como torrentes salvajes
bajo el gris plomizo de la tarde
no espera piedad de las gentes
sino un día más sin hambre.
Tiene la tez de bronce y galena,
sus manos son gemidos constantes
de su tierra en el alma dolida,
ya presente, ya lejana en su memoria errante.
¡Ah, desolado amigo Hamed!
no olvido tu transitar emigrante
como ave de paso en tierras yermas de esperanza
en la fuente limpia y serena de crueldades
de un abismado caminante solitario.
La escarcha viste tu oscuro traje
en la mañana impía de tu muerte
expulsado por un mundo insaciable,
arroyo de agua cristalina,
cuando una vez, sí, lo soñaste.
© Carlos Jiménez de Parga
domingo, enero 15, 2012
Soneto XX / Sonnet XX
Ancladas las estrellas en lo inmenso,
vigilan los tesoros imprecisos
dormidos sobre los estantes fríos
del antiguo desván de mis ancestros.
Me observa afablemente un libro abierto,
la vela me susurra en el oído
un verso del recóndito infinito
a una musa de bellos ojos negros.
La hechizada mesa anda por la sombra,
el suelo es un desierto de madera,
el techo una trampilla de luz blanca
que me evade a los mares y las costas
donde gravito ausente de tristezas
y alcanzo el declinar de la ignorancia.
© Carlos Jiménez de Parga
jueves, diciembre 29, 2011
Soneto XIX / Sonnet XIX
El anciano sol yace en los bravíos
mares del ocre cielo, que bordean
las calles de dorada y blanca arena,
hacia la urbana mística del frío.
Emergen los delfines del contrito
civismo, indiferente a la tristeza
del hermano afligido de problemas,
llenando el corazón del desvalido.
Oh Madrid, que iluminas las arcanas
alturas del sinfín cielo nocturno
en la egregia ciudad de un feliz tiempo
que en angélicos cánticos arrastra
a los amantes fuera de este mundo
a la ciudad celeste de lo Eterno.
© Carlos Jiménez de Parga.
martes, noviembre 08, 2011
Soneto XVIII / Sonnet XVIII
En primavera vine a despertar
de la divina noche de las almas,
como un ínfimo grano de mostaza,
a la luz de tu seno maternal.
¡Oh madre de ternura! ¿adónde vas?
triste cisne que llora con las aguas,
yo soy el pez de plata azul que te habla
para que expíes sobre mí tu mal.
¡Cuántas noches de gélidos estigmas
claman que tu recuerdo fiel me alumbre
al mirarte en la senda de la tarde!
No hallé misterio igual en esta vida
ni astro en las inefables amplitudes
que al amor de una madre se compare.
© Carlos Jiménez de Parga
lunes, agosto 08, 2011
Cómo estar en un templo sagrado / How staying in a sacred temple
Mucha gente cree que entrar en un templo como una catedral, una iglesia o una mezquita es otro aliciente para la vida materialista. Para los no creyentes, el recorrido de una catedral se resume en disfrutar del placer de los sentidos como si fuese otra atracción de feria más para el turista. Otros, sin embargo, atribuyen a los templos un cariz folclórico y de celebración de eventos culturales o manifestaciones religiosas populares, cuando no, un exceso de santería. Para los creyentes, nos sugiere la oración y reverencia ante el cuerpo de Cristo en el sagrario. Sin embargo, el recorrido o la estancia en un templo sagrado no sólo implica la devoción, sino más bien un respeto a su aspecto espiritual y simbólico. No es un lugar, por tanto, donde la oración se convierta en un negocio para resolver pleitos con Dios, ni mucho menos para demandarle que sea como un abogado de nuestros anhelos y deseos. Ante todo, esta actitud de respeto se sintetiza en una oración fuera de nosotros, donde el prójimo y nuestros enemigos tengan preferencia en el rezo, lejos de exigir a Dios obrar en nuestros asuntos personales cotidianos y materialistas. En un plano secundario, hemos de manifestarnos con actitud humilde y con propósito de enmienda, agradeciendo todo lo bueno que hemos recibido y mostrándonos tal y como somos, puesto que a Dios no se le puede engañar.
Además de esta actitud oracional, no podemos pasar por alto que los templos sagrados poseen un carácter simbólico, que según René Guénon «tienen un origen no humano y se basa en la correspondencia entre dos realidades: no expresa ni explica, sino que sólo sirve de soporte para elevarse, mediante la meditación, al conocimiento de las verdades metafísicas».
Para comenzar, nuestra entrada en el tempo debe iniciarse con el signo de la cruz realizado con el agua bendita de la pila, ya que ésta significa la relación del hombre con este elemento aristotélico, originante de la vida, que en este caso simboliza el renacimiento y la purificación del alma.
El recorrido por las naves de una catedral a través de la planta en forma de cruz debe realizarse en el sentido de las agujas del reloj, puesto que representa el movimiento del sol desde que amanece hasta que anochece y es el recorrido que realizaba la logia al finalizar cada jornada de trabajo. La actitud del recorrido debe ser pausada, sin premura, observando cada talla, bóveda, etc. Es primordial recorrer el templo al amanecer, debido a que en esta hora se manifiesta todo su esplendor metafísico.
El silencio debe formar parte de esta liturgia realizada desde el origen de los tiempos, sin olvidar que la estructura del edificio contribuye a amplificar y reverberar un estado de conciencia alterado.
No hay que olvidar el simbolismo de las tres partes del templo en forma de cruz latina: el cuerpo de naves representa el mundo subterráneo o inframundo, el transepto el mundo terrestre, y la girola el mundo supraterreno o celestial. Asimismo, remitiéndonos de nuevo a René Guénon, la cúpula simboliza, en cuanto que posee una parte cuadrada y otra circular -o semiesférica en un templo en tres dimensiones-, la tierra y el cielo respectivamente.
La catedral modela un «microcosmos», una representación de la Jerusalén Celestial, a imagen y semejanza del «macrocosmos», para lo que sigue las proporciones del número y su simbolismo pitagórico, incluyendo todos los elementos geométricos cargados de significado bien definido. Así, parafraseando una de las frases de la Tabla Esmeralda atribuida a Hermes Trismegisto, resumo mis ideas: «Lo que está más abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo. Actúan para cumplir los prodigios del Uno».
Además de esta actitud oracional, no podemos pasar por alto que los templos sagrados poseen un carácter simbólico, que según René Guénon «tienen un origen no humano y se basa en la correspondencia entre dos realidades: no expresa ni explica, sino que sólo sirve de soporte para elevarse, mediante la meditación, al conocimiento de las verdades metafísicas».
Para comenzar, nuestra entrada en el tempo debe iniciarse con el signo de la cruz realizado con el agua bendita de la pila, ya que ésta significa la relación del hombre con este elemento aristotélico, originante de la vida, que en este caso simboliza el renacimiento y la purificación del alma.
El recorrido por las naves de una catedral a través de la planta en forma de cruz debe realizarse en el sentido de las agujas del reloj, puesto que representa el movimiento del sol desde que amanece hasta que anochece y es el recorrido que realizaba la logia al finalizar cada jornada de trabajo. La actitud del recorrido debe ser pausada, sin premura, observando cada talla, bóveda, etc. Es primordial recorrer el templo al amanecer, debido a que en esta hora se manifiesta todo su esplendor metafísico.
El silencio debe formar parte de esta liturgia realizada desde el origen de los tiempos, sin olvidar que la estructura del edificio contribuye a amplificar y reverberar un estado de conciencia alterado.
No hay que olvidar el simbolismo de las tres partes del templo en forma de cruz latina: el cuerpo de naves representa el mundo subterráneo o inframundo, el transepto el mundo terrestre, y la girola el mundo supraterreno o celestial. Asimismo, remitiéndonos de nuevo a René Guénon, la cúpula simboliza, en cuanto que posee una parte cuadrada y otra circular -o semiesférica en un templo en tres dimensiones-, la tierra y el cielo respectivamente.
La catedral modela un «microcosmos», una representación de la Jerusalén Celestial, a imagen y semejanza del «macrocosmos», para lo que sigue las proporciones del número y su simbolismo pitagórico, incluyendo todos los elementos geométricos cargados de significado bien definido. Así, parafraseando una de las frases de la Tabla Esmeralda atribuida a Hermes Trismegisto, resumo mis ideas: «Lo que está más abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo. Actúan para cumplir los prodigios del Uno».
miércoles, junio 22, 2011
Soneto XVII / Sonnet XVII
Yacen caídas nubes en el mar
de los furiosos fuegos de los dioses
atrapando a un velero en las feroces
fauces de un despiadado Leviatán.
Calmada al ocaso la tempestad,
el cruel monstruo alejándose se esconde
en los profundos reinos de la noche,
y nuestro capitán vuelve a gritar:
«¡Cuán justo y alabado sea Dios
que la airada tormenta ha aplacado,
y el Cielo nos otorga nueva vida!»
Mas ahora los vientos del amor
nos llevan en esbeltos hipocampos
a los mares eternos de armonía.
Escrita por Carlos Jiménez de Parga ©
sábado, junio 11, 2011
sábado, junio 04, 2011
Soneto XVI / Sonnet XVI
Los quebrantados muros del invierno
de un oscuro pasillo interminable,
arrasados por huestes infernales,
permiten vislumbrar la faz del cielo.
Nubes colmadas de ángeles guerreros
entablan la batalla en incesante
asedio a la tristeza de la calle
venciendo a las tinieblas de lo incierto.
Ya no creo en los retos del amor
ni en su loca y atroz naturaleza
de impune y justa criba caprichosa.
El amor que me inflama el corazón
es un ave cansada que atraviesa
el mar, para morir contra las olas.
Escrita por Carlos Jiménez de Parga ©
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